El 15 de agosto del 2015 volé de India a México con una escala de 20 horas en Londres. La escala era un sábado por la noche…
– ¨¡¿Y si en lugar de dormir en la sala de espera de Heathrow me salgo del aeropuerto y paso la noche bailando en una milonga?!¨, se le ocurrió a mi lado aventurero el día que compré el boleto por internet.
– ¨No conoces Londres, no sabes cómo moverte en esa ciudad, vas sola, vas a andar cargando una maleta de 10 kilos… estás loca¨ , les respondió mi lado sensato y aburrido.
– ¨Pero conocería amigos, la pasaría bien, quizás podría dejar la milonga a las cinco de la mañana para ir a ver el amanecer al río Támesis. Con suerte y hasta desayuno en algún lugarcito interesante con mis nuevos amigos antes de volver al aeropuerto¨, fantaseó el lado aventurero.
– ¨No, podría ser peligroso¨, dio por terminada la discusión el lado sensato y aburrido.
El lado aventurero se alejó cabizbajo, aunque en el fondo era solo un treta para que el odioso lado aburrido lo dejara tranquilo. En cuanto le fue posible, el lado aventurero se puso a investigar horarios, milongas, vías de transporte, cómo dejar encargada la maleta en el aeropuerto, y leyó foros con consejos de otros viajeros sobre si era recomendable o no salir de Heathrow durante una escala larga.
Llegó el día del vuelo. El lado sensato y aburrido había descubierto la treta e intentaba hacer entrar en razón al lado aventurero en el trayecto al aeropuerto de Mumbai.

Al momento de llegar a la ventanilla de British Airlines seguían sin llegar a un acuerdo.
Un hecho aparentemente insignificante, sin embargo, inclinó ligeramente la balanza en favor de lado aventurero: la encargada les informó que el boleto permitía llevar dos maletas documentadas, lo que eliminaba el obstáculo de andar cargando la maleta pequeña en Londres o bien el desperdiciar tiempo, dinero y energía para dejarla encargada en el aeropuerto.
Una vez en el avión, y mientras las azafatas servían la comida, reiniciaron la discusión. El lado sensato y aburrido jugó sus última carta:
– ¨Reconócelo, tienes miedo. Qué tal si nos pasa algo. Qué tal si las cosas no terminan bien. Nadie te conoce, el agente de migración no te va a dejar entrar, podrías perder el vuelo¨.
– ¨Dejémoslo al destino¨, propuso sagaz el lado aventurero para sorpresa de su contrincante.
El acuerdo sería este: si durante el vuelo recibían una señal clara del destino en referencia al tango, irían. Sino, se quedarían a pasar una aburrida e incómoda noche en el aeropuerto. La señal podía aparecer en alguna película o serie de televisión; en alguna revista, en una conversación escuchada al azar entre los pasajeros, o cualquier otro medio del cual el destino se valiera para hacer llegar su mensaje con nitidez a bordo de ese avión.

Transcurrieron las 9 horas y media del vuelo sin que apareciera la señal. El avión aterrizó puntual pasadas las seis de la tarde de Londres, tal como estaba previsto. El lado sensato y aburrido se relajó. Había ganado.
¨Para bailar tango se necesitan dos¨.
¿¿Qué??
¨Para bailar tango se necesitan dos¨.
El lado aventurero y el lado sensato y aburrido habían leído bien. El mensaje estaba escrito en un póster publicitario que nunca más recordaron qué publicitaba. Estaba colocado en el túnel que conectaba al avión con la terminal. Y era lo primero que los pasajeros veían al poner un pie afuera de la nave. No había más qué discutir. El siguiente paso era confiar en que migración no les impediría quedarse en Londres.
El trámite de obtener el sellado del pasaporte para visitar la capital inglesa tomó pocos minutos. Ahora había que sacar dinero del cajero, encontrar el metro (Tube) y seguir las instrucciones que el lado aventurero había impreso antes de dejar India para llegar a la milonga
Todo iba a pedir de boca hasta que el lado aventurero se dio cuenta que su tarjeta de banco estaba bloqueada. No tenía libras para comprar un boleto del Tube ni garantizar su regreso al aeropuerto o su supervivencia en Londres. Fin de la aventura.
El lado sensato y aburrido ya comenzaba sutilmente a reprocharle al aventurero su osadía mientras ambos se acomodaban en una banca fría donde tendrían que pasar la noche. La sala de espera, la cual acababan de dejar atrás de los controles de migración, les parecía ahora un hotel de cinco estrellas.
En ese momento el lado aventurero recordó que en su monedero venía cargando una tarjeta de banco de un antiguo empleo. Llevaba ahí más de un año sin ser usada. Todavía debía tener un poco de dinero. Le parecía recordar la clave. Con suerte y las medidas de seguridad del banco eran malas, y en verdad lo eran porque al primer intento salieron disparadas del cajero suficientes libras para llegar al destino y agenciarse una comida. El lado aventurero estaba contento, y listo para milonguear.
El trayecto en el Tube fue largo pero sencillo, y sirvió para que el lado aventurero se entretuviera observando a las londinenses irse de fiesta en tacones y minifalda a pesar de que el frío comenzaba a sentirse. Solo hubo que hacer un transbordo y salir directo a una zona de bares, un lugar en el que se respiraba cierto aire de inseguridad, según el lado aburrido. El lado aventurero confirmó que había llegado a Londres cuando un chico pasó volando perseguido por una yunta de policías guapísimos. La noche era joven.
Las calles rebosaban de bares, música, gente bien arreglada yendo de un lugar a otro. Todo era movimiento, aunque las calles se iban vaciando conforme avanzaba las aproximadamente 10 calles de distancia que indicaba el mapa que llevaba impreso. Tanto, que el lado sensato y aburrido comenzó a echar vistazos sobre sus espaldas. Al llegar al lugar, las calles estaba desiertas.
Pero el mapa estaba en lo correcto. Y el edificio que albergaba Tango at the Light Milonga estaba a la vista…

La primera sorpresa de la noche fue que la milonga terminaba a las dos de la madrugada, y no a las cuatro, como anunciaba en su pagina de internet.
La segunda, que -según me informaron los organizadores- todos los bares y restaurantes de la zona también cerraban temprano, por lo que la opción de irme a pasar el resto de la noche a uno de ellos quedaba cancelada.
La tercera, que el Tube dejaba de pasar antes de la hora en que cerraba la milonga o los bares.
La cuarta, que los taxis al aeropuerto eran una locura de caros y me dijeron que no me convenía pedir uno sino irme en Tube.
La quinta, que ni los organizadores ni ninguno de los milongueros o milongueras se convirtió en mi mejor amigo en un lapso de dos horas por lo que no hubo nadie que me ofreciera un aventón, cobijo o conversación para el resto de la noche.
Conclusión: tenía que aprovechar al máximo las dos horas que iba a estar en la milonga y salir corriendo de nuevo al aeropuerto si no me quería quedar sola en la calle y sin dinero para un hotel.
Bailé, eso sí, unas tres o cuatro tantas que trajeron dulcemente a la memoria corporal imágenes y sensaciones de las clases que tomaba por el metro Sevilla de la Ciudad de México, las instrucciones de la maestra Lupita, y las mil y un repeticiones de los ejercicios con Ademir.
Poco antes de las once de la noche me quité los tacones y apresuré el paso hacia el metro. Cual si me estuvieran pisando los talones, justo alcancé el último tren de la primera de dos líneas que debía abordar. Y poco faltó para que perdiera el último tren de la línea que me llevaría al aeropuerto. Al final lo alcancé aunque sin saber que solo llegaba a la Terminal 3, y no a la 5, a donde yo necesitaba ir.

A la media noche me encontré parada afuera de la estación del Tube hasta donde llegaba esa línea. Después de que los pasajeros bajamos de los vagones, el personal cerró. A los alrededores solo había avenidas grandes, oscuras y vacías. Me quedé cerca de una familia de paquistaníes o indios que parecían también intentar llegar a donde mismo que yo. Un trabajador del Tube había alimentado nuestras esperanzas diciéndonos que con suerte pasaría por ahí el último autobús gratuito que llevaba pasajeros del Tube a la Terminal 5, aunque no era seguro.
Era casi la una de la mañana, hacía frío, la Terminal 5 demasiado lejos para irse caminando, y la familia de paquistaníes o indios no parecían tener intensión ni de adoptarme ni de hacerme el menor caso pese a que discretamente si ellos daban cuatro pasos a la derecha yo daba otros cuatro en la misma dirección. Pasaron 10 minutos, 20, media hora. Perdí la cuenta. El lado sensato y aburrido había tenido la elegancia de no hacer reproches. No hacía falta. No era el momento.
El lado aventurero se rascaba la cabeza y se abrazaba solo con la esperanza de quitarse un poco el frío que se sentía. No había tenido la precaución de traer suficiente abrigo.
A lo lejos, un autobús.
Llegué a la Terminal 5 de madrugada sana y muy ligeramente espantada. Dormité sentada y con frío en una banca incómoda mientras hacía tiempo para que llegara el personal del aeropuerto y abriera las puertas de las salas de espera para los pasajeros. Fui una de las primera en atravesar los controles de seguridad apenas arrancó el día laboral, por ahí de las cinco o seis de la mañana. Adentro el clima era más cálido. Encontré una banca muy cómoda. Había internet inalámbrico. Gradualmente las salas de espera se fueron llenado de pasajeros que envidiaban mi lugar de descanso. Dormí plácidamente por ratos. Mi avión salía hasta las dos y media de la tarde. Observé un amanecer precioso enmarcado en un cielo semi nublado.

Cedí mi banca a otros viajeros cansados para irme a caminar un poco. El lugar tenía más gente que un centro comercial en domingo. Busqué un desayuno sencillo y rico. La aventura no había salido exactamente como la había imaginado pero tampoco había estado tan mal. Estaba ilesa y tenía una historia para mi blog. El lado sensato y aburrido, por una vez, concedió con una sonrisa y moviendo la cabeza de lado a lado.